A lo largo y ancho de Venezuela, millones de ciudadanos enfrentan cada día las consecuencias de unos servicios públicos que dejaron de responder a las necesidades básicas. Más de seis horas sin electricidad. Días enteros sin agua. Comercios que pierden mercancía. Trabajadores que llegan a sus casas y encuentran oscuridad. Esa realidad genera un malestar profundo. Ese malestar encuentra una expresión legítima en las calles.
Durante junio, el Observatorio de Conflictividad Social registró 509 protestas en Venezuela. Detrás de cada una existe una historia distinta, pero con las carencias como principal motivador. Una comunidad que reclama agua. Trabajadores que exigen mejores condiciones. Vecinos que piden electricidad. Hablamos de ciudadanos que reclaman servicios, salarios dignos, seguridad y respuestas de las instituciones.
La protesta pacífica es parte fundamental de cualquier sociedad que busque avanzar en plenitud. Permite que los ciudadanos hagan visible aquello que las estadísticas muchas veces esconden, que una comunidad diga que llegó al límite, que las personas expresen públicamente su inconformidad frente a una crisis que lleva años golpeando sus vidas. En Venezuela llevamos más de una década en crisis. El pueblo no aguanta más y exige un cambio.
Un país apagado y con tuberías secas no puede avanzar. Un acuerdo energético con Estados Unidos puede abrir oportunidades importantes. Una mayor inversión petrolera puede generar empleo, divisas y capacidad productiva. Sin embargo, cada una de esas posibilidades requiere una sociedad con condiciones mínimas para aprovecharlas. La economía comienza en la vida cotidiana, en las familias que componen a la sociedad. Cuándo bases de la sociedad fallan de manera constante, toda la estructura económica pierde fuerza.
Por eso la recuperación de Venezuela debe mirar mucho más allá de los grandes acuerdos, las inversiones y las cifras de producción. El verdadero avance debe llegar a la casa de cada venezolano. Debe sentirse cuando una familia abre un grifo y encuentra agua. Cuando un trabajador llega a su hogar y encuentra electricidad. Cuando un pequeño negocio puede trabajar durante todo el día. Cuando un hospital cuenta con los servicios necesarios. Cuando una escuela ofrece condiciones dignas para sus estudiantes. Con salarios dignos y respeto a la dignidad humana.
Una sociedad empobrecida, mermada y desatendida necesita respuestas concretas. Es cierto que Venezuela requiere inversión, producción y crecimiento. Y también servicios públicos capaces de acompañar ese crecimiento. Requiere instituciones que escuchen las demandas ciudadanas y que conviertan esas demandas en políticas públicas. Necesita funcionarios que entiendan que detrás de cada falla existe una familia, un trabajador, un estudiante o un pequeño empresario que paga las consecuencias.
La protesta pacífica seguirá mostrando el descontento de una sociedad que reclama respuestas. Escuchar esas voces constituye una responsabilidad del Estado. Atender sus causas constituye una prioridad nacional. El verdadero avance de Venezuela solo llegará cuando la gente pueda vivir mejor.
Salir de la crisis debe estar en el centro de cualquier proyecto nacional. Recuperar la electricidad y el agua. Tener hospitales y escuelas que funcionen. Lograr que el salario alcance y que trabajar permita vivir con dignidad. Ese es el avance que realmente importa.